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Veintidós de los 32 departamentos del país están en alerta roja, según el Ideam, y los incendios forestales han afectado ciudades como Bucaramanga y áreas protegidas como el Parque Nacional La Macarena. ¿Qué está pasando?

La época de la quemazón ya arrancó en el país. Mientras usted lee esto, los bomberos voluntarios del país, la Armada, el Ejército, la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo (UNGRD) y la Policía intentan sofocar las llamas fuera de control en 40 hectáreas de Puerto Leguízamo (Putumayo), en el Parque Nacional Natural El Tuparro (Vichada) y en 55 hectáreas a las afueras de Bucaramanga.

Casi un mes antes, en medio de las celebraciones de Año Nuevo, intentaban apagar otro incendio en el cerro Iquira (Huila) y en el Parque Nacional Natural La Macarena (Meta). Sin duda, en esta época de verano, que arrancó en diciembre y se extenderá hasta marzo, los incendios forestales están al alza en Colombia.

Por eso, el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam) emitió una circular que declaró la alerta roja en 313 municipios del país por riesgo de incendios forestales, sobre todo en Santander y Boyacá.

De acuerdo con Christian Euscátegui, del Servicio de Pronósticos y Alertas del Ideam, “estamos en temporada seca, entonces cierta cantidad de incendios y amenazas es normal. Sin embargo, el año pasado tuvimos temperaturas más altas y hubo menos amenazas”.

Entonces, ¿cómo se explica esta cantidad de incendios forestales, más allá de la sequía? Tanto el Ideam como la UNGRD calculan que el 90 % de los incendios forestales son causados por humanos. “Hay personas que quieren ganarles tierra a los páramos para cultivar. En el Chocó pasa igual. Lo otro son descuidos: cuando la gente fuma o arma fogones en un paseo y no apaga con agua y arena, es un detonante grave”, dijo Carlos Iván Márquez, director de la Unidad Nacional de Gestión del Riesgo en una entrevista para RCN.

Además de la contingencia de un paseo de olla, Márquez se refiere a lo que la directora del Instituto Humboldt, Brigitte Baptiste, llamó “la quemazón” en una columna de opinión, o el viejo “tumba y quema”, una estrategia para renovar el suelo para la agricultura o convertir hectáreas de bosque en prados para ganadería. En estas prácticas, muchas veces, el fuego “se fuga” porque está mal controlado. “Esto sucede más de lo que debería”, dice la profesora de ecología del paisaje de la Universidad Nacional, Dolors Armenteras.

Uno de los incendios más recientes y extensos de este año se presentó dentro del Parque Nacional Natural La Macarena y dejó un saldo de aproximadamente 1.600 hectáreas quemadas, según Parques Nacionales. Los bomberos que atendieron la emergencia dicen que la causa fue una quema que se salió de control en una finca, cerca del río Guayabero, en la zona de amortiguamiento del parque. Según Parques Nacionales, se quemó mayoritariamente vegetación rupícola (sobre las rocas). Pero, según Reinaldo Romero, coordinador del Consejo Departamental de Gestión del Riesgo del Meta, unas 150 hectáreas de bosque nativo se quemaron durante cinco días, mientras se generó el incendio y los organismos de control pudieron apagarlo.

 

El Espectador